martes 3 de noviembre de 2009

Porque no podía faltar...

Un poema que me encanta. Simplemente, es perfecto. En algún momento de mi vida, quisiera escribir así de maravillosamente. Y claro, yo sé que lo he puesto mil veces en el blog anterior y que el mundo entero sabe que AMO este poema, pero, lo pondré todas las veces que quiera... es perfecto.

Culminación del dolor (Charles Bukowski)

Oigo incluso cómo ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.

Oigo el agua,
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj,
se vuelve pomos en la cómoda,
se vuelve papel sobre el suelo,
se vuelve calzador,
ticket de la lavandería,
se vuelve
humo de cigarrillo
escalando un templo de oscuras enredaderas...

Poco importa,
poco amor
o poca vidan
o es tan malo,
lo que cuenta
es observar las paredes,

yo nací para eso,
nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

lunes 2 de noviembre de 2009

Sí, te puedo regalar...

Sí, te puedo regalar la luna,
adornada con un aro de luz,
repelente de mosquitos y
de nubes melancólicas,
en un plato hondo
para comer a cucharadas.


Sí, también te puedo regalar
el cielo, en todas sus formas
tamaños y colores;
atrapado en un frasco de mayonesa,
o extendido, a lo largo de tus ojos.


Puedo regalarte un arcoíris
que puedo regalarte una
y otra, y otra vez
por toda la eternidad;
y puedo regalarte
manchas de colores
y reflejos infinitos.


Y hasta desvelos,
sin sabores, dolores de cabeza,
caricias furtivas, chistes malos,
algunos consejos (algunos conejos),
historias, poemas; mis brazos
mis piernas, ojos, cabellos,
cejas, sonrisa (colgate); el páncreas
el hígado, ambos riñones,
los pulmones, cada una de mis articulaciones,
(pero no mis ojos,
porque mis ojos ti vieron);
la filosofía y la historia
y la historia de la historia,
todo, todo eso que
se me ocurre y no,
te lo puedo regalar.

Sí, te puedo regalar
lo impensable e inimaginable,
lo grande y simple,
lo pequeño y lo complejo,
la galaxia entera,
el corazón lleno de 'te quiero';
sí, te puedo regalar
mi historia y mis deseos,
un mundo construído,
a la medida de tus ojos,
y todo...
a cambio (there's no free lunch)
de saber, con toda certeza (y sea lo que sea)
qué es lo que quieres...
de mi.

domingo 1 de noviembre de 2009

Reflexiones

Interrogantes obligatorias de una sala de espera

Y a veces pasa que el tiempo en las salas de espera se monta sobre una tortuga y decide que no hay prisa; se toma un café mientras lee una revista del corazón, platica con la ansiedad de la desesperación y critíca, incansablemente a la pobre y blanca claustrofobia que, temblorosamente recita sin mucha eficacia "grandes espacios, abiertos". En la esquina yo, observando (como siempre) los efectos de esta extraña actitud del tiempo, centro mi mirada en una mujer, de unos 21 o 22 años, sentada justo en frente de mi, a un metro o dos de distancia.

Entonces, después de unos segundos de ver sus tennis rosas, el pants y la sudadera grises y el teléfono casi incrustado en la mano (y en la oreja), logro incertarme en la conversación que mantiene ella, con un tal Rodrigo. A veces pasa y creo que es por culpa del tiempo, que irónicamente se toma su tiempo en las salas de espera, y entonces, llega un punto en el que la cortura, el sentido común y la capacidad de pensar cosas se vuelve nula, o se toma unas inesperadas vacaciones y resultan platicas tan sin sentido, como la de aquella mujer. Su autobús salía a las 8 y media, cuando yo la vi eran las 6, evidentemente ella ya tenía un buen rato esperando.

Rodrigo, del otro lado del teléfono, no está esperando un autobús, un algo o un alguien, quizá está esperando que esa chica suelte por fin el teléfono, pero tal parece que a pesar de que su cordura todavía está en su lugar, quererla mucho lo estupidiza y lo hace mantener esa clase de conversaciones. Aquella mujer, con los ojos negros y ligeramente maquillados, la voz chillante pero todavía tolerable, argumentaba con una fiereza y agresividad sobre un tópico, que proponía realmente un momento de reflexión filosófico, histórico pero mayormente lingüístico.

Yo todavía sigo pensando, en lo injusto que es el tiempo, y en lo pequeñas que son las salas de espera y en lo mucho que Rodrigo, debe quererla (o quizá el también estaba esperando algo del otro lado del teléfono y a mi no me consta), y es que yo no debí escuchar esa platica, pero pasó y ahora tengo la cabeza de ese cuestionamiento tan esencial para la realización del ser humano; y de verdad, quién no ha pensado alguna vez, en "la diferencia entre las tiendas de AUTOSERVICIO, que son aquellas en las que puedes entrar con tu auto y te atienden, mientras que las "tiendas comerciales", son como la Comercial Mexicana o el Walmart", y así. No entiendo cómo pudo durar tanto tal discusión, culpo al tiempo por ingrato, a la cordura huevona y a la sensatez que nunca llegó. Quizá todos se subieron a la tortuga, que hoy lleva por nombre Cushqui, y se fueron a cabalgar en la orilla del mar, allá en las Galápagos.

martes 27 de octubre de 2009

Esas pequeñas delicias de la vida

Terminar un PEDIMENTO de importación definitiva de vidrio (10 cm de grosor), desde Santiago de Chile a Querétaro, por vía marítima. Pasándo por la aduana 18 (que corresponde a Mazatlán) y a cargo del Agente aduanal con patente 4781. Con Advalorem del 21% y el IVA del 15%, sin incrementables, 3500 kilos en cuatro contenedores, DTA de 8 al millar y frágil, muy frágil.
Muchos totales, muchos impuestos, muchas sumas restas multiplicaciones y divisiones y hasta RFC's más homoclaves y CURP's, pero... ah! qué verdadera belleza, qué delicia, qué hermosa sensación la de llenar cada uno de los espacios de ese pinche pedimento.

lunes 26 de octubre de 2009

...

Y es que a veces la poesía no es suficiente.
Porque las palabras y las metáforas, son tan incapaces de sentir.
Porque el "dolor" no es sólo las cinco letras en orden y el "amor" una palabra linda que se adorna de imágenes dulces, pasionales o desgarradoras. Y peor aún que el "dolor de amar" se vuelve un lugar común cuando le anexas a dos actores medianamente conocidos y una trama vulgar, que no dice nada, y prostituye lo ya de por sí prostituído.

Entonces, la poesía puede no ser tan mala, pero definitivamente no es suficiente.
Porque aún cuando todos seamos capaces de entender la idea de "dolor" y la idea de "amor" (y aquí debo ser enfática en que, aquel que se sabe en alguno de los dos, o ambos, sabe lo difícil que es escribir esas palabras burdas y las evita a toda costa), nadie, y repito, nadie, va a entender cuando yo escriba "qué dolor amarla tanto". Ni siquiera aquel que empatiza, por experiencias propias con esa sentencia, porque aquel que seguro ha amado y que seguro reconoce el dolor, no la ha amado a ella y aunque así halla sido (y es que con su mirada dulzona y su sonrisa y su voz que derriten corazones, quién se atreveria a no amarla) definitivamente, nadie podría hacerlo igual que yo. Pero entonces, al saber que aquello, que se llena de poesía (palabras bonitas) y canciones y espectáculos celestes, después de todo, no ha provocado en ella esa misma sensación (por incapacidad propia, o sea, mía, o simplemente porque no, y ya), entonces duele; justamente con la misma intensidad con la que se ama, con toda la pasión contenida en cada una de las letras, y más, infinitamente e indeciblemente más.

Y a pesar de que hay algunos, con la capacidad de hacer poesía y de mostrar en bosquejos (que logran evocar, y sólo evocar, aquellos sentimiento) ese "amor" y ese "dolor", sigue y seguirá siendo insuficiente.
Ese es, y seguirá siendo el gran problema con los poetas (y algunos que pretendemos serlo), se vuelven, sin consideración alguna, en prostitutos de emociones. Y no, no es que esté mal, creo que es de esos males necesarios que repentinamente se convierten en bienes (también necesarios), que terminan siendo otra forma también de sentir, con más estructura y menos recursos, eso sí. Y así, el poeta, asumiéndose en su condición de prostituto, sigue sin escatimar en emociones, y sigue en su intento infinito de ir más allá de las palabras, al lugar donde sólo el cuerpo sabe llegar.

Finalmente, la poesía es un intento noble del poeta, para proveer algunos segundos de pasión y de amor y dolor y demás. Pero no, sigue sin ser suficiente.
Y no es suficiente para el poeta, que es un pobre iluso, que todavía piensa que un día ella tendrá los ojos para entender qué es lo que pasa del otro lado de las palabras que escribe. Y seguro los tiene, porque sus ojos son perfectos, y entonces el problema del pobre e iluso poeta, es que para ella, no es y nunca será suficiente.

miércoles 21 de octubre de 2009

Su boca...

Toco tu boca, con un dedo
todo el borde de tu boca...
Julio Cortázar, Rayuela.
Un plagio escrito para la niña;
y es que a veces, cuando la veo
no puedo evitar tocar su boca.
Toco su boca. Ella no lo sabe, pero cuando sonríe, toco su boca. Emprendo el viaje desde sus ojos, que también sonríen, sonríen con un brillo profundo y sostenido en las pupilas, y una carcajada de color caramelo. Toco su boca; toco sus mejillas desde la comisura de sus labios hasta la base de sus ojos. Las acaricio, jugando a las cosquillas y también sonríen, con una explosión de músculos y colores rosados. Toco su boca, y la recorro en cada línea de sus manos, de sus manos que son verdes, y azules, y moradas; de sus dedos que transportan magia, la magia de su boca que toco cuando ella sonríe.
Pero a veces, toco una boca suya que no es la misma, que se pierde ensimismada en su propia boca, que carga tristezas y angustias, que sabe a amargura y a sal; toco esa boca, tan suya como la otra (que me sabe sonreír), la cobijo con una caricia e intento sosegarla con boberías, para recuperar aquella boca perfecta, la boca que me gusta tocar.
Toco la boca que, como diría Benedetti, “sabe gritar rebeldía”; la que sabe cantar y llorar sin miedos. Toco esa boca, que sueña con tocar otras bocas, que también sonríen, que son agridulces y perfectas para su boca. Y al final, sin que ella sepa que recorrí cada milímetro, voy tocando por última vez el perfecto contorno de su boca mientras ella, con la media voz de un susurro, va tocando otra boca, una boca entreabierta y besada; la boca que Julio Cortázar toca.

Emociones

Hay muchas cosas que realmente me emocionan tanto, que me agitan la respiración y me dejan con los ojos inundados. Hay cosas que me hacen vibrar, que me recuerdan buenos momentos, que me tranquilizan y a veces me colman de ansiedad; pero todas ellas me emocionan.
El aroma de un café de olla o del té negro (que de vez en cuando le robo al ruso), el caldo de pollo, la poesía de corazón abierto, el tango pasional y los boleros cursis; el chocolate caliente con el frío golpeándome la cara, las cobijas pegadas en el cuerpo, las pláticas dulzonas con una pequeña hermosa; los problemas de América Latina, la confianza, la inocencia de los otros, los sueños y las angustias.
Hay muchas cosas que realmente me emocionan, y no necesariamente tienen que ser buenas, bonitas o terriblemente desgarradoras; hay un fenómeno, que pocas veces se presenta (a veces con pretextos torpes o con ideas inconcretas); hay un fenómeno que cuando explota, cuando unifica y pierde el miedo, es extremadamente maravilloso, y me conmueve, me conmueve hasta las lágrimas; hay un fenómeno que es simple y es complejo: el compromiso, el ferviente y pasional compromiso de una sociedad.